Tras el pitido final: aquello para lo que la «March Madness» no prepara a los deportistas

Cada primavera, durante unas semanas, el baloncesto universitario ofrece algo que casi ningún otro evento deportivo puede igualar: una exposición mediática auténtica, impredecible y llena de emociones a gran escala. Las quinielas del torneo son objeto de debate en las oficinas y en los chats grupales. Los comentaristas mencionan ante una audiencia de millones de personas los nombres de jugadores de los que nadie había oído hablar en noviembre. Momentos que trascienden el propio partido —un tapón, un tiro sobre la bocina, un entrenador entre lágrimas— y que siguen dando que hablar durante días tras el pitido final.

Entonces, casi sin previo aviso, se detiene.

El torneo llega a su fin. Las cámaras se marchan. La temporada que lo ha marcado todo —los entrenamientos, los desplazamientos, los partidos, las reuniones de equipo, el ritmo diario que ha organizado la vida durante ocho o nueve meses— desaparece. Y a los deportistas que acaban de competir en el escenario más importante de sus carreras les queda un silencio que llega más rápido de lo que la mayoría de la gente ajena al deporte llega a darse cuenta.

En ese silencio es donde reside la verdadera pregunta. No quién ganó, sino qué vendrá después y, lo que es más importante, quién eres ahora que la estructura que mantenía unida tu identidad ha desaparecido.

La pregunta de los ganadores

El equipo femenino de la UCLA ganó el domingo su primer campeonato de la NCAA al imponerse a Carolina del Sur por 79-51, en un partido en el que dominó desde el saque inicial. Gabriela Jaquez, natural del sur de California, que soñaba con jugar en la UCLA y pasó allí toda su carrera universitaria, terminó con 21 puntos, 10 rebotes y cinco asistencias. Lauren Betts fue nombrada Jugadora Más Destacada. Las cinco titulares anotaron más de diez puntos cada una. Un equipo con muchas jugadoras de último curso que decidió quedarse, construir algo juntas y rematar la faena en el mayor escenario que ofrece este deporte consiguió exactamente el final que buscaban.

Esa claridad en la identidad es más infrecuente de lo que parece. Jaquez sabía lo que representaba y por qué. Tras el partido, afirmó que su sueño siempre había sido la UCLA, que representaba a la comunidad en la que había crecido lo significaba todo para ella, y que el objetivo desde el principio había sido lograr algo que el programa nunca había conseguido en la era de la NCAA. No se trata de una declaración tras el partido preparada para las cámaras. Es la historia de una deportista que entendió su propia trayectoria y la vivió hasta el final.

Pero incluso para ella, incluso para los jugadores que consiguieron el trofeo, la celebración y ese momento por el que habían luchado durante años, la estructura que lo mantenía todo unido ya no existe. El equipo se disuelve. La temporada no continúa. La identidad que se forjó en el marco de un programa universitario, con su calendario, sus compañeros de equipo y su objetivo común, tiene que encontrar una nueva forma.

Para los deportistas que han ganado, esa transición viene acompañada de una gran celebración, lo que hace que sea más fácil de afrontar, al menos al principio. La versión más difícil es la que les toca a todos los demás.

La pregunta de los perdedores

Las jugadoras de último curso de Carolina del Sur han disputado cuatro finales en cinco años. Han participado en repetidas ocasiones en los momentos más importantes de este deporte, bajo la dirección de una de las entrenadoras más respetadas de la historia del baloncesto femenino. Se marchan sin trofeo, una vez más. Las jugadoras de la UConn, que habían ganado 54 partidos consecutivos antes de que Carolina del Sur pusiera fin a esa racha en la Final Four, se despidieron de una temporada que será recordada como una de las mejores rachas de la historia del baloncesto universitario, sin un título que coronara esta temporada en concreto.

No se trata de deportistas que hayan fracasado. Son deportistas que han competido al más alto nivel en su disciplina y se han quedado a las puertas de la victoria en los momentos finales de un torneo en el que no hay consuelo para el segundo puesto.

Y ahora se enfrentan a la versión más cruda de la pregunta. ¿Qué haces con una historia que no tiene el final que querías? ¿Qué sentido tiene tu trayectoria universitaria cuando el resultado que la habría definido no llegó? ¿Quién eres cuando el momento para el que llevabas años preparándote ya ha quedado atrás y el resultado no ha salido como esperabas?

La mayoría de los deportistas nunca llegan a dar una respuesta clara a estas preguntas, no porque les falte la profundidad o el carácter necesarios para responderlas, sino porque, en toda su carrera, nadie les ha ayudado a forjarse una identidad que, para empezar, existiera independientemente de los resultados. El deporte les proporcionaba la estructura. El equipo, la identidad. La temporada, la dirección. Cuando los tres desaparecen a la vez, lo que queda suele ser menos definido de lo que nadie esperaba.

Esa brecha, entre la magnitud de la experiencia y la claridad sobre lo que viene después, es donde se crea una oportunidad o se pierde silenciosamente.

El portal de traspasos como indicador

Michigan se proclamó campeón masculino el lunes por la noche tras imponerse a UConn por 69-63, logrando así el primer título del programa desde 1989. Se trataba de una plantilla formada en gran parte a través del portal de traspasos, con deportistas que tomaron la decisión deliberada de cambiar de programa en busca de una situación mejor, con el fin de ponerse en condiciones de competir por algo significativo.

Merece la pena analizarlo con detenimiento, ya que supone una auténtica novedad en el deporte universitario. Los deportistas consideran cada vez más sus carreras como algo que hay que dirigir, en lugar de limitarse a vivirlas. Elegir un programa ya no se reduce únicamente al lugar donde te seleccionan. Se trata de una decisión estratégica en la que se tienen en cuenta la plataforma, el desarrollo, la visibilidad y las oportunidades. El portal de traspasos lo ha dejado claro de una forma que antes resultaba difícil o que la sociedad desalentaba.

Eso es una forma de gestión de la identidad, aunque no se plantee en esos términos. Un deportista que analiza su situación y dice: «Este no es el entorno adecuado para lo que estoy intentando construir», y actúa en consecuencia, está llevando a cabo una acción estratégicamente significativa. Está tratando su carrera como un activo que hay que posicionar, no solo como un camino que hay que seguir.

Pero hay una distinción importante entre actuar de forma estratégica y comprender claramente lo que uno representa. Lo uno consiste en encontrar la situación adecuada; lo otro, en saber qué es lo que uno aporta a ella. Los deportistas que mejor saben tomar estas decisiones son aquellos que cuentan con ambas cosas: una idea clara de su propia identidad y la visión estratégica necesaria para situarla donde pueda crecer. Cuando solo existe una de las dos sin la otra, se dan los pasos, pero la claridad nunca llega del todo.

Lo que revela el torneo

La «March Madness» es un fenómeno singular porque condensa todo lo que implica el deporte universitario en un periodo breve, intenso y de gran repercusión pública. La presión es real. Lo que está en juego es real. La visibilidad es real. Y la transición que sigue, desde el punto álgido de la temporada hasta el silencio que deja su ausencia, se produce de forma más rápida y completa que en casi cualquier otro contexto deportivo.

Lo que el torneo pone de manifiesto una y otra vez, si se observa con suficiente atención, es la brecha que existe entre la imagen pública de un deportista y su sentido de la orientación en la vida privada. Los que rinden mejor bajo presión no siempre son los que mejor saben afrontar lo que viene después. Los que gestionan la transición con mayor eficacia, los que construyen algo duradero a partir de la visibilidad y la experiencia, suelen ser, con mayor frecuencia, aquellos que tenían una idea más clara de lo que significaba su carrera más allá de los resultados.

Jaquez sabía cuál era su historia. Esa claridad no la convirtió en una mejor tiradora. Pero determinó su actitud, la forma en que hablaba del significado de ese momento y cómo seguirá adelante a partir de ahí con algo más que un trofeo. A los deportistas que les costó encontrar esa claridad, tanto a los ganadores como a los perdedores, les resultará más difícil la transición, no porque tengan menos talento o sean menos dedicados, sino porque la identidad que se forjaron estaba más estrechamente ligada a la estructura de la temporada de lo que creían.

Esa estructura acaba de desaparecer. Para todos.

La mañana siguiente

El torneo es un punto de transición, no un final. Para la mayoría de los deportistas universitarios, el proceso de construcción de la identidad apenas ha comenzado cuando llega la Final Four. La trayectoria forjada dentro de un programa, moldeada por un entrenador y definida por un equipo, genera cualidades auténticas: disciplina, resiliencia, capacidad para rendir bajo presión y un sentido de propósito compartido. Esas cualidades son verdaderamente valiosas. Pero no se traducen automáticamente en una orientación una vez que termina la temporada.

La visibilidad que genera el «March Madness» es real. La atención que suscita es real. Durante un breve periodo de tiempo, algunos de estos deportistas tienen más gente viéndolos de la que volverán a tener jamás. Lo que se consiga a partir de ahí depende casi por completo de si comprenden con suficiente claridad lo que representan como para poder canalizarlo, y de si alguien de su entorno les está ayudando a planteárselo en esos términos.

La mayoría no recibe esa ayuda. No porque a las personas de su entorno no les importe, sino porque el sistema que los ha formado se diseñó para ganar partidos, no para formar a deportistas que comprendan su propia posición.

El pitido final es lo más fácil. La mañana siguiente es cuando empieza el trabajo de verdad, y cuando la mayoría de los deportistas se encuentran sin tener claro qué hacer a continuación.

No hace falta elaborar ese mapa a posteriori.

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